Un juzgado español acaba de dar la razón a un periodista del diario El Mundo en el contencioso que mantenía con este rotativo al negarle su derecho a opinar en otros medios de comunicación. Francisco Frechoso, redactor jefe de Cierre del periódico, acudió a los tribunales cuando los directivos le prohibieron aparecer en el programa de televisión La mirada crítica, que dirige Montserrat Domínguez en la cadena Tele 5. El juez ha fallado que esta prohibición esconde un intento de limitar el derecho a la libertad de expresión de Frechoso y de castigar al periodista por sus declaraciones contrarias a la política del diario durante la huelga del 20 de junio de 2002. Por tanto, el tribunal ha ordenado a la empresa "el cese de dicho comportamiento y la reposición del actor al momento anterior a dicha decisión", así como al pago a Frechoso de una indemnización de casi 12.000 euros.
Días antes de la huelga, la mayoría de la plantilla de El Mundo -más del 90%- había decidido en asamblea secundar el paro convocado por los sindicatos el 20-J para protestar por la reforma del desempleo diseñada por el Gobierno del Partido Popular. Los trabajadores acordaron celebrar este paro un día antes de la fecha señalada, como es habitual en la prensa, para hacer coincidir la ausencia del periódico en los quioscos con la jornada de huelga, y así poder cubrirla y garantizar el derecho de los lectores a estar informados sobre sus resultados.
Pero el 19 de junio, mientras la redacción de El Mundo secundaba la protesta, varios directivos y miembros de la plantilla, en un arrebato de celo periodístico que sólo se les conoce en este tipo de situaciones, reventaron el paro al elaborar una edición reducida del diario, que más tarde sería distribuida en furgones de la Policía Nacional (seguro que si Franco hubiera levantado la cabeza ese día, habría estado encantado de que, un cuarto de siglo después, prensa y policía volvieran a ser uña y carne).
Al día siguiente, Frechoso cometió el pecado que le enfrentaría más tarde a los directivos del diario: «Como trabajador de El Mundo no puedo por menos que decir que me siento avergonzado de que el periódico en el que trabajo haya tenido que salir en furgones de la policía», declaró en La mirada crítica.
Represalias
Esta opinión provocó la ira de la cúpula directiva de El Mundo, que poco después envió una nota en la que exigía a los trabajadores de este periódico la solicitud previa de permiso para colaborar con cualquier otro medio de comunicación. Por su parte, Frechoso envió un mensaje a la dirección comunicando -que no solicitando- su participación en el programa de Montserrat Domínguez. El mensaje fue tomado como una solicitud por la dirección del periódico y denegado por un motivo absolutamente sorprendente: la cláusula de exclusividad que figura en los contratos de los trabajadores de El Mundo. Sorprendente, porque este recurso legal no sólo no se había usado hasta entonces, sino que chocaba frontalmente con la política no escrita de la casa por la que los trabajadores debían de buscar siempre la notoriedad en otros medios.
El Sindicato de Periodistas de Madrid (SPM) asumió la defensa de Frechoso en un proceso que comenzó con la recusación por parte de El Mundo del juez asignado, por haber sido objeto de una investigación de este periódico, y terminó el pasado 26 de mayo, cuando el tribunal falló a favor no sólo del periodista, sino del periodismo en general.
Pero el camino a esta decisión judicial no ha sido fácil, y durante el proceso Frechoso ha recibido numerosos ataques. Tal vez el más curioso sea el de la "elevada retribución" que percibía el redactor jefe y que, de acuerdo con algunas voces, le obligaba a mantener la boca cerrada, a no criticar a su periódico y a aceptar sin rechistar todo lo que viniera de arriba, sin más. Y digo curioso porque no me parece que el sueldo tenga nada que ver con este asunto, sobre todo en un tipo de empresa - la informativa- en la que existe una brecha tan brutal entre las nóminas de los trabajadores y los contratos de los cargos directivos. También me parece paradójico que esta crítica saliera, precisamente, de los que creen que sólo el mercado debe establecer los precios de los productos y las retribuciones de los empleados, una teoría muy aceptada, por lo visto, cuando se aplica a los cargos directivos, pero rechazada tajantemente las pocas veces en que los trabajadores se benefician de ella.
El debate proscrito
En cualquier caso, la sentencia parece incluir un poderoso mensaje para quien quiera escucharlo: En lugar de intentar acallar las voces críticas en las redacciones, los directivos de los medios de comunicación deberían luchar por algo mucho más importante, algo consustancial al periodismo y que ha sido sistemáticamente machacado en los últimos años. Me refiero al debate, esa práctica que además de provocar acaloradas discusiones en las reuniones de redacción, consigue que al día siguiente la información que contiene un periódico sea más completa, más plural y más honesta.
¿Y por qué deberían los directivos luchar contra algo que se puede volver en su contra? Porque el periodismo es así, un negocio en el que a veces hay que dispararse en el pie para poder seguir vivo. Y por la sencilla razón de que en este estado de cosas, tan librecambista, la política que siguen algunos directivos no puede sostenerse por sí misma y necesita de resultados contantes y sonantes, los mismos que se obtienen cuando un lector compra un periódico por lo que contiene -información-, por lo que supone -un cimiento de la sociedad- y por lo que consigue -más democracia y más libertad-. O sea, que a quien no le valga la ética, bien le valgan los euros. Así de fácil, y de triste.
De todos modos, insisto en que la sentencia no sólo debería ser un motivo de satisfacción para Francisco Frechoso, sino para cualquier periodista que quiera ejercer su profesión con ciertas garantías de libertad, para los lectores que pretendan encontrar información veraz en un periódico y para los que todavía creemos en el Estado de Derecho. Vivimos tiempos difíciles si algo tan sensato se convierte en motivo de persecución y requiere el sacrificio de una persona para poner las cosas en su sitio. Por eso, por las personas íntegras en los tiempos difíciles, gracias, Paco.